-¡Pero niña!¡no blasfemes! -exclamó su madre.

-¡No me reprendas, mamá!¿Acaso no ves lo que ocurre? ¿No percibes los gritos de la madre naturaleza, que jadea herida de muerte lanzándonos sus últimos estertores desesperados ante las aberraciones que sufre por nuestra culpa?¿Es posible que a tí tampoco te estremezcan los gritos que salen de su interior haciendo temblar el planeta?¿Y la sangre de sus heridas, que fogosamente se desparrama en estallidos de fuego y esputos de rocas ardientes?¿No te conmueve la desesperada llamada del agua enfurecida clamando que todo este mal cese?¿No respiras el aire contaminado que estamos dándole como único alimento?.
-Sí, pequeña, lo veo.
-Y, ¿no entiendes, entonces, mi exclamación?Solo estamos mostrando nuestro desagradecimiento y equívoco al creer que no le debemos ningún respeto a la madre Tierra, dando por supuesto que los hombres somos los dueños de lo que nos rodea y eso nos da pleno derecho a abusar de ello sin razón....me enfurece, mamá, y me produce una inmensa pena en el corazón....
-Sí, hija mía, claro que lo entiendo, pero no es necesario caer en el pecado para quejarse, creo yo....
-¡Mamá!¿Pecado?No estamos hablando de religión, pero si argumentas con eso para conseguir mi silencio debo decirte, mamá, que no hay mayor pecado que el cometido por esa minoría corrompida que se atrevió a malinterpretar la lucha y las palabras de un solo hombre al que tú me enseñaste a considerar mi Dios.
Pecado es que lo hicieran despóticamente y en pro del beneficio de un reducto de individuos que, adornados con seda, terciopelo y oro, y mientras veneraban tétricas imágenes esculpidas en madera, según la percepción trastocada de los literatos de épocas pasadas, osaran apropiarse y destrozar una realidad histórica que nos pertenecía a la humanidad.-Si, hija mía, lo es.
Entiendo tu enojo, créeme. Soy capaz de comprender lo que me dices y también me siento triste por todo ello. Pero,¿qué podíamos hacer? Así nos lo dijeron, así nos lo enseñaron y así lo aplicamos....
-¿Qué estoy escuchando?¡¡¡No, mamá!!!De eso, nada. Es natural nuestra tristeza, porque realmente es muy triste lo que te cuento, pero ¡estamos a tiempo!¡está en nuestra mano cambiarlo!¡no me resigno a morir como una destructora!¡tenemos que hacer algo!
-¡Qué bonito pensar tienes, pequeña mía! Tienes un gran corazón, pero debes entender que sólo eres un grano de arena en el desierto, una ínfima parte del universo, una millonésima parte de la creación de Dios. No podrás hacer nada.....
-No me lo puedo creer, mamá. En verdad te digo que un desierto no podría ser un desierto sino por la unión de millones de millones de granos de arena, y cada uno de ellos es tan necesario y valioso como el de al lado.
Y te digo más, si Dios existió alguna vez, desde luego nos abandonó hace tiempo y ni siquiera le puedo considerar un buen artista, ya que no se molestó en pulir y revisar su obra una y otra vez hasta dejarla bien finalizada. Se limitó a trazar unos bocetos y quedaron a merced del egoísmo y el Yo como máxima, así que observa lo que vemos ahora por nuestra ventana.....
-Bueno cariño, ciertamente tienes derecho a opinar como consideres, pero ¿qué podíamos hacer tú, yo, cualquiera....?
-Pues ¡gritar, mamá! ¡revelarnos!¡revolvernos para soltar esas ataduras invisibles, luchar contra todo lo que nos haga mal, no convertirnos en consentidores de una ecatombe universal, levantarnos y pelear!
¿Me ayudarás, mamá?
-Mi alma es pesada, me enseñaron a callar, pero tú eres mi hija, entiendo tu razón y te digo: Sí, te debo ayudar, por mi vida que es la tuya y la de todos los demás, por una vez y antes de que llegue la hora de la muerte, me levantaré y gritaré ¡POR LA VIDA, POR EL MUNDO, HOY VOY A LUCHAR!




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