CAPITULO 1
Finalizaba la década de los 70 cuando la niña de color morado decidió venir al mundo. Y digo que decidió porque no entraba en los planes de sus padres ampliar la familia y sin embargo ahí apareció ella, silenciosa, repentina, inesperada.
Se adelantó al parto dos semanas según lo previsto, tal vez porque tenía ya cierta prisa por saber como se vivía en el exterior de su seguro y protector horno gestacional, fuera de las entrañas maternas, desprendiéndose ya del cordón umbilical que la había alimentado durante nueve meses.
Aquella noche, su madre, experimentada ya en el doloroso trance del parto, decidió que su bebé debía evitar nacer en la ciudad a la que se veía obligada a acudir para tal menester, y tras unas horas soportando la pérdida de los líquidos vitales y las contracciones que avisaban del suceso, intentó sin éxito traer al mundo a su pequeña en su propia cama, si bien ya os digo que sin éxito, porque el padre nervioso y aturdido porque no se había percatado de la situación, corrió en busca de transporte y finalmente llevó a la madre y a la aún nonata hasta el hospital, donde un par de horas más tarde, y con la nocturnidad que marcaría sus biorritmos vitales, nacía ante la atenta mirada de una veintena de estudiantes que apostados como en un circo romano, observaban desde las alturas el milagro del nacimiento y el sufrimiento de una madre que se vio acorralada y atada de pies y manos como si de una loca descontrolada se tratara, hecho que casi acaba con la niña de color morado antes siquiera de tomar contacto con el mundo exterior.
Por suerte, y a pesar de lo azaroso, la niña de color morado pudo asomar sin complicación gracias a la rápida y sabia actuación de la enfermera que observando la rigidez materna, comprendió que aquellas correas sólo sujetarían la desdicha de madre e hija si no actuaba con rapidez y contradiciendo las órdenes de un doctor poco acertado.
Se unía así a la familia el tercero de los vástagos, una niña de cabello increíblemente negro, piel blanca y sedosa y enormes ojos oscuros y profundos con los que aprendería a observar el mundo, a escrutar a las personas, a disfrutar de los bellos paisajes y a expulsar las lágrimas de tristeza y también de alegría. Una muñeca de mofletes rellenos y boca pequeña, con una nariz tan pequeña como un botón que hubiera sido pegado a su rostro y unas manitas de dedos infinitos que en momentos de nerviosismo y concentración frotaría de manera compulsiva unos contra otros, protegiendo los pulgares bajo sus índices como si una lengüita asomara y cerrando los puños en actitud defensiva.
Como os he contado, la niña de color morado había nacido en un ambiente hostil y por aquel entonces, algunos de sus familiares no recibieron su llegada con demasiada alegría, así que efectivamente, la niña de color morado aprendió incluso antes que a hablar, lo que era defenderse o como poco mantenerse a salvo de los potenciales ataques de su entorno más o menos cercano.
Probablemente ese entorno fue el que potenció el lazo de unión de la niña de color morado y su madre de color blanco, que estableció una barrera de defensa y protección masiva contra aquellos que envenenaban los infantiles cerebros de sus hermanos intentando que la envidia y el desprecio se apoderaran de ellos y así conseguir de manera directa o indirecta, que la niña de color morado fuera despreciada y relegada a un segundo plano. Por suerte, la mamá de color blanco era sabia y amorosa y supo lidiar con el veneno, que disipó de sus vástagos consiguiendo que aquella camada de tres creciera unida y armónicamente.
Con cinco años la pequeña niña de color morado inició su escolarización, un año más tarde de lo habitual por aquellos años, debido principalmente al invisible cordón que su madre de color blanco mantenía, tal era su deseo por no perder a su bebé y tener que asumir que la tercera y más pequeña de sus hijos también había crecido y se asomaba ahora al mundo exterior.
Fue en ese tiempo cuando la niña de color morado comenzó a mostrar su temperamento y a forjar su personalidad, y ya por entonces gustaba de colorear todos sus trazos y garabatos infantiles con el color que la acompañaría ya para el resto de su vida, el morado. Pintaba manos, caras y cuerpos de ese color por mucho que su maestra le indicara lo contrario, y eso llevó a tal confusión de las mentes adultas que decidieron consultar al experto en psicología infantil del colegio, que no dudó en admitir que era un trastorno debido a problemas dentro del círculo familiar, bien por discusiones familiares o algún otro tipo de episodio más o menos violento. Y si bien en todos los hogares las relaciones familiares no siempre son un camino de rosas sino todo lo contrario, he de decir que la opinión de aquel profesional distaba bastante de la realidad, la niña de color morado tenía una capacidad sensorial bastante más amplia que la que podían tener los compañeros de su edad y solo reflejaba una mente que ya a tan temprana edad comenzaba a hervir a borbotones y rompía los esquemas con la naturalidad que sólo un niño tiene y con la que de forma descarada y sin tabúes se expresa.
La niña de color morado desbordaba imaginación y espontaneidad, caracteristicas que tenían embelesada a su profesora, de forma que se convirtió en "su niña" y así continuó incluso años después de finalizada la relación directa del aula.
Era una niña con miedos, tenía miedo al agua, supongo que debido a un pequeño incidente en el que casi se ahoga en la propia bañera de su casa, cuando cayó de bruces dentro del agua y sin posibilidad de retomar la verticalidad que sus pequeñas piernitas le permitían, quedando sumergida sin opción a respirar hasta que de nuevo la protectora madre de color blanco le sacó súbitamente, superando el terrible susto con la capacidad que sólo una madre tiene. También tenía miedo a las alturas, posiblemente dos desafortunadas caídas desde sendas mesas ayudaron a que ese miedo se acomodara en su pequeño interior, la primera en la que aún siendo un bebé quedó colgando en el aire y otra, tiempo más tarde, en la que besó bruscamente el suelo de frías baldosas de la cocina. Y por supuesto, como cualquier niño de cinco años que está aprendiendo lo que es la autonomía y la independencia del abrigo materno, también tenia miedo al desamparo. De hecho, lloraba amargamente si su madre no aparecía ante su ojos cuando la buscaba entre las faldas de colores que iban a recoger a sus pequeños congéneres y el sentimiento de abandono se hacía un inmenso agujero al que para no caer dentro había que pintar una red de color morado!
La infancia de la niña de color morado se alimentaba de juegos mentales y vuelos de la imaginación a lugares fantásticos, llenos de colores y personajes extraños que se materializaban en los muñecos, que sujetos por una manitas de dedos finos y largos, se movían, brincaban y caían convirtiéndose en los protagonistas de una historia única. Un juguete sencillo se convertía en el entretenimiento de toda una tarde y el motivo de regreso al hogar tras el paseo de rigor que tras la merienda se convertía en el ritual de lo habitual y que para desgastar la vitalidad era de obligado cumplimiento.
Pero a parte de las costumbres infantiles propias de la edad y de aquella época, cuando los años 80 ya habían empezado su curso, la niña de color morado tenía su propio mundo, un mundo que en silencio acumulaba sensaciones, sonidos, aromas y sobre todo ideas......pensaba constantemente y daba vueltas sin parar a cada cosa que se le presentaba. Una niña en constante disquisición, que a pesar de la corta edad y ya manteniendo esa postura siempre, se rebelaba contra lo que no la gustaba y fruncía el ceño mientras contestaba tajante aunque su forma de hablar aún fuera torpe e ininteligible, "esto no es un patadín" esputaba a su madre de color blanco que le vestía con ropa que no era de su agrado, cuando ella lo que quería era llevar puesto un "vestidín", pequeñas muestras del carácter que se iba formando poco a poco...

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